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 Descubriendo a Djehuty 

27/08/06
Descubriendo a Djehuty. El guardián del tesoro
Cuando el equipo de egiptólogos españoles entró por primera vez en la tumba de Djehuty, uno de los capos de la reina Hatshepsut, no dio crédito a lo que vio. Espectaculares relieves, reveladoras inscripciones... la ‘Capilla Sixtina’ de un hombre todopoderoso.

Cinco años después, la excavación sigue dando sorpresas. El director, José Manuel Galán, acaba de publicar un apasionante libro sobre su aventura en Luxor.

Una reina maldita, un alto cargo vanidoso que se ordena erigir una tumba digna de reyes, ladrones de momias y una necrópolis excavada en una montaña donde los ajuares y sus muertos se agazapan como animales ariscos, a puerta cerrada, celosos de una intimidad ganada a golpe de olvido y de escombros. Estamos en Luxor, la antigua Tebas, y aunque lo relatado bien podría ser el argumento para un taquillazo de esos que ya gustarían en Hollywood y no tan lejos, se trata del Proyeto Djehuty, una de las misiones estrella de la actual egiptología española. «Ya dentro de la cámara fuimos con cuidado, estirándonos sobre los escombros. Las luces de nuestras linternas bailaban de un lado a otro. Nuestros ojos veían por primera vez algo que nadie había visto en miles de años. En ese momento pasamos por alto los riesgos de que se desprendiera un cascote o activáramos las defensas de un escorpión. Fue uno de esos momentos que se viven pocas veces.» José Manuel Galán, egiptólogo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas español y director de la misión, describe así en su libro En busca de Djehuty (que RBA y National Geographic publican este septiembre) la que fue la entrada de su equipo a la tumba de Djehuty, uno de los hombres de confianza de la controvertida mujer faraón, Hatshepsut, que vivió hacia el 1450 a. C. y sobre el que el equipo español busca conocerlo todo.

Van por el buen camino y a ritmo de misión científica. Es decir, a paso lento. Cualquier pequeña pieza puede ser, a la postre, la que acabe por revelar un nombre, un cargo, un dato valioso para desentrañar la historia de los huesos que allí descansan. En cinco años de excavaciones han completado decenas de estos apasionantes puzles que los siglos, caprichosos y con mala idea ellos, han dejado aquí y allá. Sólo en la excavación del exterior de las tumbas TT11 y TT12 (cuyas siglas corresponden a tumbas tebanas), donde trabajan, han encontrado, además de momias para dar y tomar, más de 500 de esas piezas ‘filosofales’, algunas de las cuales han completado objetos únicos. Por delante queda una década de trabajo entre cámaras sepulcrales y pasillos subterráneos. «Los investigadores somos como los jueces. Tenemos que ir examinando las pruebas poco a poco y no precipitarnos en los juicios», aclara Galán.

El veredicto promete, como en toda buena historia, hacerse esperar. Los hechos se remontan 3.000 años atrás, hacia el 1450 a. C. durante la dinastía XVIII, la dinastía de los grandes. Ramsés, Tutankamón, Akenatón o Tutmosis hicieron de Egipto una potencia hegemónica. Juntos con ellos, la única mujer que, se sabe, reinó con todas las de la ley durante 12 años en el Antiguo Egipto: Hatshepsut. Esposa principal del faraón Tutmosis II, al no darle un hijo varón (sólo una niña, Neferu-Ra, a la que con frecuencia se la representa con Senenmut, el arquitecto jefe de la reina y también su amante), a la muerte del faraón pasó al trono el pequeño Tutmosis, hijo de una esposa menor, Isis. Debido a su corta edad, se nombró regente a la reina viuda Hatshepsut. Pero tras siete años de regencia y viendo las papeletas que tenía de acabar como reina florero, decidió hacer carrera por sí misma: relegó a Tutmosis y se hizo coronar rey del Alto y Bajo Egipto. A partir de entonces desaparecen sus formas femeninas. Hatshepsut se ordenó representar como un hombre en estelas y relieves y, para legitimarse, justificó su ‘golpe de Estado’ narrando con texto e imágenes cómo el dios Amón entró al lecho de la madre de Hatshepsut para concebirla. Propaganda de Estado para incrédulos servida, eso sí, de la mano de los artesanos más exquisitos del imperio. Pues la reina Hatshepsut gustaba de sacar la billetera para contratar a los damienhirst de la época que crearon un sofisticado lenguaje artístico.

Es en este revuelto momento de la dinastía XVIII en el que entra en juego uno de nuestros hombres: Djehuty, cuyo nombre significa ‘el que pertenece al dios Tot, el escriba de los dioses’. La relevancia de sus cargos y el hecho de que su nombre fuera borrado con cincel y martillo (se sabe que la tumba es de Djehuty gracias a conos que han encontrado con su nombre), tal y como lo fue también el de su reina, hacen pensar que se trata de uno de los hombres de confianza de Hatshepsut. «Primero se pensó -explica José Manuel Galán- que la damnatio memoriae de la reina, por la que se eliminaba su nombre y, por tanto, su existencia en el más allá, fue obra de su hijastro Tutmosis III, quien cuando logra de nuevo el poder, arremete contra su madrastra. Pero hoy se sabe que no fue así; Tutmosis reina durante 20 años y es al final de ese reinado cuando arremete contra ella. Es decir, no hay un afán de revancha, sino que existen otras razones que desconocemos. Entonces, ¿a qué se debe la damnatio memoriae de Djehuty? No lo sabemos aún.» Sí saben, en cambio, a qué se dedicaba porque se preocupó de esculpirlo en su tumba para la posteridad. «Soy el jefe -escribe-, quien da las instrucciones, quien dice a los artesanos cómo hacer su trabajo.» Nunca unas piedras fueron tan vanidosas, tan arrogantemente humanas.

Como supervisor de los trabajos relata, por ejemplo, que mandó forjar en oro la barca del dios Amón. También cuenta que, como supervisor del tesoro (algo así como un ministro de Hacienda), registró los tesoros que llegaron del Punt, la actual Eritrea, a la que la faraona mandó una expedición comercial para acabar con los intermediarios que encarecían los productos y, de paso, meterse en el bolsillo a los nobles y al clero, que se beneficiaban con la aventura.

En su biografía, Djehuty no dice (pero sí lo barruntan los egiptólogos españoles pues, oh coincidencias, el estilo de su tumba es sospechosamente similar al templo de Hatshepsut en Deir el-Bahari) que gracias a estos cargos pudo desviar dinero y los mejores artesanos para hacerse un mausoleo exquisito.

«Probablemente, Djehuty era un capo que controlaba el dinero y a los artesanos, y también un presumido -revela Galán-. Por ejemplo, el patio de su tumba es gigante, tiene 34 m de largo, no hay ninguno con estas dimensiones. Las inscripciones en las que dice quién era denotan que tenía un buen ego, pero para nosotros es fantástico porque nos cuenta la historia de su época.»

Y las piedras de esta excepcional tumba, que se ha revelado como una ‘Capilla Sixtina’ egipcia, han hablado. Experto en escritura egipcia y reconocido ratón de biblioteca, José Manuel Galán y su equipo han identificado en ella «el lenguaje criptográfico que se desarrolló en la corte de Hatshepsut. Esta época es muy interesante porque, como la reina está en el trono de una forma irregular, es muy creativa. Así impulsa esta escritura única en la que decide cambiar de valor los signos. Si ya sólo el uno por ciento de los egipcios sabía leer, la élite de Hatshepsut se inventa una escritura que sólo entiende el 0,1 por ciento. Al emplearla en su tumba, Djehuty se muestra como el sabio entre los sabios. En sus textos, además, reproduce textos antiguos que sólo una élite conoce. Djehuty era un intelectual». Y, a juzgar por la manufactura de su tumba, decorada en relieve en lugar de pintada como la mayoría de las tumbas tebanas, un sibarita amante de los detalles. «Mucha gente dice que el arte egipcio es repetitivo y, efectivamente, a simple vista lo puede parecer, pero cuando desciendes a los detalles -sostiene Galán-, todo es distinto.» En la tumba que nos ocupa, los artesanos replantearon las convenciones estéticas y esculpieron rituales que hoy apenas se conocen.

De la vida personal de Djehuty, en cambio, aún se sabe poco. Al igual que el suyo, todos los nombres de su familia han sido víctimas de la damnatio memoriae, salvo el de su madre, Dediu. «Sabemos que tenía hermanas -explica Galán-, pero parece que ni se casó ni tuvo hijos. Ése es un aspecto común a todos los altos funcionarios de Hatshepsut. En sus tumbas no se menciona ni a hijos ni a esposas. Raro. ¿Es que no se casaron? ¿Es que la reina tenía un harén de nobles para ella? ¿O estaban casados y, por respeto a la faraona, no incluían a sus esposas en las tumbas?»

Una de las cuestiones que planea sobre la excavación es la de la momia de Djehuty. ¿Seguirá ahí? ¿Habrán ultrajado sus restos los ladrones de tumbas? Sea como fuere, el interrogante tendrá que esperar dos años más. El ritmo científico así lo exige. Si hasta ahora se han dedicado sobre todo a la excavación del exterior, a partir de la próxima campaña, y después de que los arquitectos lograran frenar la caída de escombros al interior de la tumba, les toca remangarse y reptar por túneles y pozos. La gran duda: si los ladrones habrán pasado por allí. «Habrán estado, seguro -confirma Galán-. La cuestión es en qué época. Si fueron ladrones del siglo XIX o XX, malo. Ésos arrasan con todo porque todo vale en el mercado de antigüedades. Si fueron los ladrones antiguos, estamos de enhorabuena. A ellos sólo les interesaban el oro y las joyas; los papiros, la cerámica o las momias les traían al fresco. Ojalá sea el caso de Djehuty.» Y también del segundo hombre que quita el sueño a esta misión: Hery. Cuando Galán llegó a Luxor en busca de una tumba sobre la que iniciar un proyecto, llevaba consigo una lista de candidatas. La política del Gobierno egipcio es la de no excavar nuevas tumbas, sino trabajar sobre las que ya están descubiertas. Buscaba un flechazo con una de ellas y al principio Cupido se hizo esperar. En la mayoría quedaba poco por hacer. Nada, hasta que llegó a la colina de Dra Abu el-Naga, en la antigua Tebas, y se quedó sin habla al atisbar las posibilidades que brindaba la tumba de Djehuty. Su vecino del sueño eterno -le dijeron en el Servicio de Antigüedades- era un tal Hery, que vivió 50 años antes que él, estaba casado (éste sí) y se encargaba de supervisar los graneros de la esposa real y la madre del rey Ahhotep. Otro noble. Otro pez gordo. Galán, empeñado en dar a la egiptología española un gran proyecto, dijo a la Administración egipcia: me pones los dos. «En realidad, el proyecto coge el nombre de Djehuty porque cuando yo entré en su tumba, me sobrecogí. La de Hery parecía secundaria. Pero va a resultar igual o más importante. Hery vive al comienzo de la dinastía XVIII, un periodo del que se sabe poco, pero en el que Tebas pasa de ser una provincia a ser la capital de un imperio. En aquella época, además, los nobles no adornan sus tumbas, pero la de Hery está fabulosamente decorada. Cuando acabemos -anuncia Galán-, tendremos la película completa del arrastre del tekenu, un ritual funerario que apenas está documentado. Estoy seguro de que Hery será la segunda bomba del proyecto.» En enero, el equipo viajará de nuevo a Luxor para acometer la sexta campaña. Les esperan, como diría Quevedo, el «polvo enamorado» de dos nobles que hace 3.500 años amaron, trabajaron y codiciaron. ¿Les suena?

Fuente: XLSemanal ABC

Tema:  Miscelanea . Enviado el miércoles, 30 de agosto de 2006 a las 19:25


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