nefertiti

reina del nilo

Isabel Gil Benítez

 

Tumos, escultor amigo del príncipe heredero de Egipto (Amenofis) está enamorado de una bella joven (Tanit) cuyo destino es convertirse en sacerdotisa del dios Amón. Para evitar ese destino y poder convertirla en su esposa, Tumos pide ayuda a su amigo, el príncipe Amenofis, el cual le escribe una orden para liberar a la joven de su futuro cargo. Todo parece ir bien pues ambos se aman, pero el Sumo Sacerdote se va a encargar de separar a los enamorados. Ordena detener y matar a Tumos y realiza una ceremonia en la que Tanit es rebautizada como Nefertiti, y prepara la boda entre ésta y Amenofis, ya que había firmado el pacto del matrimonio entre ambos junto con el anterior faraón. La joven se resiste a todos estos planes hasta que el Sumo Sacerdote le comunica que Tumos ha muerto y que él mismo es su padre y acordó la boda con el padre de Amenofis. Pero Tumos logra escapar de su cautiverio y se viene abajo cuando se entera de que su amada se ha convertido en la esposa de otro hombre (su mejor amigo) y ahora es reina de Egipto.

Típica película de las encuadradas en el género del peplum, aunque no llega a la categoría de las mejores ni mucho menos. Rodada en Italia como muchas de las peplum de la época, con actores americanos e italianos y equipo técnico italiano, es una película con mucho colorido y una buena ambientación egipcia, destacando tal vez el maquillaje de la actriz que encarna a Nefertiti que debe intentar quedar a la altura de la belleza del famoso busto de la auténtica reina, sobre el cual gira el tema del film (y lo consigue, porque sale realmente hermosa en todo momento). Sin embargo falla en muchas otras cosas, que hacen que veamos la cinta con una eterna semi-sonrisa en el rostro. Por ejemplo, las luchas son demasiado “infantiles” y apenas aparece sangre a pesar de que siempre son con espadas. Acostumbrados a ver coreografías de lucha espectaculares en el cine actual, las de esa época se equiparan casi a peleas de niños en un patio de colegio. Lo mismo sucede en una escena en que Tumos se enfrenta en el desierto a un león, que naturalmente quiere zampárselo. Cuando el animal se le abalanza y ambos se mantienen de pie en un forcejeo, Marit (la ayudante de Tumos en el taller de escultura, que está enamorada de él) clava una flecha al león y salva así a nuestro protagonista, pero lo que sigue produce no ya una sonrisita sino una clara carcajada. El león, con la flecha clavada en el cuello está tumbado en el suelo con la cabeza levantada e inmediatamente vemos cómo mira hacia un punto entre las cámaras y, a lo que parece una orden, se tumba haciéndose el muerto. Cosas de los peplum de la época, supongo, y por detalles así esta película jamás logrará equipararse a otras como Cleopatra

Las actuaciones tampoco son demasiado brillantes, aunque Edmund Purdom en su papel de Tumos está bastante correcto, al igual que Amedeo Nazzari en el de Amenofis IV, los dos papeles más atormentados del film, el uno por su amor imposible y el otro por la locura que le invade y un amor no correspondido.  Jeanne Crain no convence tanto, puesto que baila entre dos aguas y no parece decantarse en ningún momento por ninguna de las opciones que tiene. Ni parece tan enamorada de Tumos ni tan cómplice en el gobierno de Amenofis. Pero la pobre bastante tiene con aguantar el tipo luciendo las coronas enormes que le ponen, porque en una de las escenas en la que se encuentra en el Salón del Trono junto a su esposo parece que si se mueve un poco más de la cuenta se le va a caer toda la parafernalia al suelo, y ni siquiera puede girar el cuello cuando los demás actores le dirigen la palabra. Queda, claro, un poco forzada la escena por culpa de esa falta de movilidad, y ya podían haberle diseñado una corona menos rígida, porque Amenofis no parece sufrir esa incomodidad con el vestuario. De Vincent Price en su papel de Benakon, Sumo Sacerdote de Amón, padre de Nefertiti y conspirador por el trono de Egipto sólo puedo decir que resulta curioso verlo en una película de este tipo, donde claramente tenía que hacer de villano, aunque no está a la altura de sus mejores obras de terror por las que es más conocido. Quizás parte de la culpa de que esta cinta sea considerada por muchos como de culto sea el hecho de ver a Price en ella, especialmente por verlo con su atuendo de sacerdote (con la piel de leopardo a cuestas) y ese excesivo maquillaje tanto en los ojos como en los labios que luce todo el tiempo. De todas formas hace su papel de villano en condiciones, porque cuando es asesinado uno se alegra de que por fin se haga justicia, y eso quiere decir que hace bien de malo. 

Bueno, muchos fallos tiene la película, pero si destaca uno sobre todos los demás es sin duda la ambientación histórica. Parafraseando los títulos de crédito de muchas películas, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, y por ello mismo es cualquier cosa menos “histórica”. Realmente lo único que coincide con la auténtica historia de aquellos hechos son los nombres de los protagonistas, es decir, Amenofis IV, Nefertiti y Tutmes (aunque en la película se llama Tumos, pero era el escultor que hizo el busto de Nefertiti que se halla en el Museo de Berlín). Profundicemos un poco en las diferencias de “realidades”. En la película, Amenofis IV aparece como un hombre ya maduro cuando su padre muere y recibe el título de faraón. Antes de esto, mientras es príncipe, se dedica a la guerra, aunque empieza a dudar de su capacidad para matar y tiene fuertes conflictos internos que le provocan ciertos problemas psíquicos. Es considerado como un hombre enfermo mentalmente, y en ello se basa el Sumo Sacerdote para querer casar a su hija con él y en un futuro no muy lejano, con suerte, poder acceder él mismo al trono. Cuando se casa con Nefertiti ésta no le hace mucho caso, pues sigue enamorada de Tumos, y por tanto el matrimonio nunca llega a consumarse. La influencia de un sacerdote caldeo, que se convierte a su subida al trono en uno de sus consejeros y mejores amigos, hará que Amenofis decida cambiar el culto de los “dioses falsos de Egipto”, como él los llama, por el culto a Atón, el “único dios verdadero”. Al final, no soportando las revueltas sociales promovidas por Benakon, rechazado por su esposa y convertido en un ferviente seguidor de Atón decide suicidarse con su propia espada, con la que había matado a tantos hombres en la guerra. En ese momento Nefertiti toma el mando del gobierno y se transforma en una especie de “Hatshepsut”, única representante del poder de Egipto. Entonces le declara a Tumos que su amor jamás será posible, porque ahora tiene algo más importante en su vida y es el destino de Egipto. Tumos lo entiende y decide ayudarla yendo al desierto a llamar al ejército para que acuda a refrenar la revuelta. Y todo esto ocurre en todo momento en Tebas, capital de Egipto. Incluso el taller de Tumos se encuentra allí, y para nada se habla de la construcción de una nueva capital en Amarna. 

¿Qué ocurrió en realidad? Pues grosso modo Amenofis IV sucedió efectivamente a su padre, Amenofis III, en el trono, pero se casó con Nefertiti antes de ese momento, cuando aún era príncipe. Tuvieron 6 hijas. Amenofis, o Ajenatón, como se llamó después de cambiar el culto de los dioses por el de Atón, en todo momento tuvo a Nefertiti como a una de sus mayores colaboradoras en el proyecto religioso, y de hecho ella fue tanto o más ferviente seguidora del Atón que el mismo rey. La madre de Ajenatón, Tiy, siguió manteniendo un papel importante durante el reinado de su hijo, viviendo largas temporadas en el palacio real, pero este personaje ni se nombra en la película. Nefertiti en realidad posiblemente era hija de Ay, un importante funcionario del estado que unos años después conseguiría llegar al trono de Egipto tras su matrimonio con Anjesenamon, la tercera de las hijas de Ajenaton y Nefertiti (y por tanto su nieta) y viuda de Tutanjamon. En el cuarto año de su reinado, Ajenaton mandó construir una ciudad en pleno desierto en honor del Atón, ciudad que se llamaba Ajetatón (Horizonte de Atón), conocida actualmente como Tell el-Amarna, y la convirtió en la capital del reino. En dicha ciudad se hallaron los restos del taller del escultor Tutmés, y el famoso busto de Nefertiti entre las ruinas. La transformación religiosa realizada por Ajenaton parece que no supuso un trauma tan fuerte en la población como se ha hecho suponer hasta hace poco, ya que hay pruebas de que el pueblo seguía manteniendo sus cultos a los dioses tradicionales sin recibir castigo por ello. Por tanto, más que de un monoteísmo (como se dice en la película y en muchos libros de historia) habría que hablar de un henoteísmo, es decir, de la existencia de un dios preeminente sobre los otros dioses, en este caso el Atón, y en todo caso la lucha sería más bien en contra del clero de Amón y de algún otro dios más (sobre este tema en concreto resulta muy útil la lectura de "Tell el-Amarna. Las Tumbas Norte. Vol.1", de Juan de la Torre Suárez y Teresa Soria Trastoy, Ediciones ASADE, 2003, pág 20-21.

Nefertiti desaparece de la Historia un par de años antes que Ajenaton, no sabemos si porque murió o porque tomó otra personalidad (se la ha identificado con Smenjkare, personaje que el faraón asoció al trono y que después de su muerte reinó durante otros dos años junto con otra de las hijas de la pareja real, en este caso Meritaton). Tras la muerte de este Smenjkare sube al trono el joven Tutanjaton, que según una de las actuales teorías podría ser hijo de Ajenaton y su otra esposa Kiya, y durante el reinado de este rey se volvió a instaurar el culto a Amón, volviendo todo al orden en que estaban las cosas antes de Ajenaton. Los sucesores de Tutanjamon intentarían borrar toda huella del paso de Ajenaton y sus sucesores por la Historia egipcia, cosa que casi logran… La ciudad de Ajetaton quedó abandonada tras la muerte de Ajenaton, y las arenas del desierto pronto la cubrieron, pero afortunadamente para nosotros han quedado bastantes tesoros artísticos, como el célebre busto de la reina Nefertiti.

A pesar de todo lo dicho, esta película me ha gustado, principalmente porque es de temática egipcia, y aunque abunde más la ficción que la realidad eso es algo a lo que ya estamos acostumbrados con el cine de este género, y no se le puede negar tampoco que tiene ese encantador y rancio sabor del peplum de los años 50-60, y sólo por eso vale la pena (aparte de por ver a Vincent Price vestido y maquillado “a la egipcia”).

Isabel Gil Benítez

www.losdestructores.com

 

 

 

 

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