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ENTREVISTAS A EGIPTÓLOGOS

Mª JOSÉ LÓPEZ GRANDE

 

 

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14/08/05

REPORTAJE: AVENTURERAS: MARÍA JOSÉ LÓPEZ GRANDE
El sueño de Egipto

De pequeña soñó con ser egiptóloga, y su sueño se ha cumplido. La arqueóloga María José López Grande lleva veinte años excavando en Egipto, entre escorpiones y frecuentes derrumbes en las necrópolis. Unas vivencias “de cine” y un reto pendiente: encontrar la tumba de una gran reina.

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López Grande, en la antigua Tebas (Luxor), en el interior de la ‘jaima’ donde trabajan, muestra una de las cerámicas halladas en la excavación del Proyecto Djehuty. (CARLOS SPOTTORNO)
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La egiptóloga en Heracleópolis Magna, en 1991. (CARLOS SPOTTORNO)
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“Cedió la colina y se abrió un agujero, la entrada a una tumba. En ese instante te olvidas del riesgo, sólo quieres entrar”

“Tendida en la tumba, primero vi un maravilloso cielo estrellado, y luego, una grieta enorme sobre mi cabeza”

“En el mercado de Suk el Guimal, yo era la única mujer entre cientos de sudaneses y miles de dromedarios”

Si hay una profesión peliculera como pocas, ésa es sin duda la arqueología. Cientos de películas y libros han hechizado a todo tipo de gente con las aventuras de intrépidos arqueólogos, tocados con salacot y botas de caña, adentrándose entre ruinas milenarias o peleándose con selvas, desiertos, fieras salvajes o tribus primitivas. Y dentro de los arqueólogos, los egiptólogos son, con seguridad, los protagonistas absolutos, las estrellas de la historia, con sus tumbas y tesoros faraónicos, sus momias y maldiciones. Claro que la realidad dista bastante de las películas de Indiana Jones, aunque no se puede decir que ellos, y ellas, no corran sus riesgos. A veces puede ser más peligroso para una arqueóloga atravesar en solitario un poblado egipcio, seguida por una pandilla de chavales arrojándole piedras, que meterse en una tumba recién descubierta. Es, más o menos, lo que le sucedió a la egiptóloga María José López Grande en una de sus campañas en Egipto. “Los críos en pandilla pueden ser muy peligrosos”, dice ahora divertida al recordar el mal rato que pasó huyendo de sus piedras.

López Grande, profesora de Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, confiesa, a sus 47 años, que ha perdido la cuenta de los viajes realizados a Egipto: “Dejé de contarlos cuando superé la veintena”. El país del Nilo y su mundo faraónico han sido, desde que era pequeña, su sueño, y ahora, además de su pasión, su dedicación. “He tenido una suerte increíble. Siempre he dicho que los dioses me aman, ellos me llevaron a Egipto”.

La suerte de esta arqueóloga, que domina la escritura jeroglífica, especializada en cerámica del antiguo Egipto, comenzó en primero de bachillerato cuando tuvo bien claro que quería ser egiptóloga, algo que no existía en España. “Me fascinaba la estética egipcia, yo veía una pieza faraónica y me parecía preciosa. Pero en los libros de bachillerato apenas encontraba datos de Egipto, la lección de los egipcios ocupaba dos páginas, y las de Grecia y Roma, cinco o seis… Eso me llevó a buscar libros sobre aquel país y encontré la Historia del Arte de Salvat. Me enamoré de aquel libro, fue determinante en mi vida”.

Parece claro que no podía ser otra cosa que arqueóloga.

Desde que Egipto me fascinó de esa manera empecé a ver películas, a leer literatura, todo lo que pillaba del país. Quería hacer Egiptología, pero en España no existía esa especialidad, así que estudié Historia y Geografía, la especialidad de Arqueología, y en primero de carrera hice un viaje a Egipto que fue definitivo. Después de aquel viaje era imposible pensar en hacer otra cosa. Me enteré de que en Asuntos Exteriores había becas de lengua para estudiar en Egipto y me puse a aprender árabe. Pensé: “Si así me puedo ir a Egipto…”.

Así que se fue a Egipto y, para empezar, estudió árabe.

He llegado a hablar árabe bastante bien. Claro que lo que aprendes es el árabe clásico moderno, que te permite entender muchas cosas y tener la estructura de una lengua semítica, que es fundamental, pero cuando la gente normal, la de las aldeas, te oye hablar, te mira como a un bicho raro, como preguntándose: “¿Qué dice?”. Yo les entiendo bastante, años atrás todavía mejor, porque he pasado muchos meses seguidos en Egipto y las lenguas hay que estar en ellas, pero era una baza importante para conocer el país de norte a sur.

¿Se lanzó por su cuenta a recorrerlo?

El primer contacto fue durante un viaje organizado, en 1982, y resultó fantástico. Comprendí que era muy bueno saber árabe porque fuera de El Cairo la gente no te entendía. En ese primer viaje me ocurrió algo maravilloso. Decidí ir sola a ver las pirámides, y fui en autobús, algo complicadísimo porque la gente no estaba habituada a que una turista jovencita cogiera sola transportes. Me subí al autobús, me senté, y un señor joven se puso delante de mí con los brazos extendidos, como si fuera un parapeto, algo que resultaba muy violento pero que comprendí en la siguiente parada cuando subió una avalancha de gente… Yo miraba por la ventanilla y veía al lado un camión cargado de camellos, y eso de ver la cabeza de un camello a tu altura, esa visión, ese primer contacto con Egipto, no se me olvidará nunca.

Flaubert llegó, a mediados del XIX, a caballo hasta la mismísima Esfinge y trepó a la cima de una de las pirámides. Usted llegó en autobús, no es lo mismo, pero ¿qué sintió?

Las pirámides siempre me sorprenden, y cada vez más. Ahora están muy metidas en El Cairo, pero son impactantes. La primera vez me sobrecogieron una barbaridad. Entonces era todo mucho más agobiante que ahora, que apenas hay vendedores o camelleros porque están mucho más controlados, pero lo recuerdo como algo fantástico. Fue también mi primer encuentro con la Esfinge y no se me borrará. Egipto te impresiona siempre, pero los grandes impactos para mí fueron en ese primer viaje. Ahora la Esfinge la ves desde un costado, entonces se veía de frente y tenía una verja donde ponía “no entrar”, pero yo entré. En aquel momento no sabía que había una estela entre sus patas, y me vi allí, al lado de aquella estela enorme, fue impresionante. Evidentemente no fue como el viaje de Flaubert, los viajes del siglo XIX eran apasionantes, pero así empezaron mis contactos con Egipto y mis ganas tremendas de volver.

Volvió en 1986, nada menos que formando parte de la Expedición Arqueológica Española en Egipto, supongo que entonces vivió su primer encuentro importante con el mundo faraónico.

Fue una suerte increíble. La vida en Heracleópolis Magna era muy curiosa, el área de Fayum donde se hallaba la excavación está en el sur y fue duro, porque excavar en Egipto es duro ya que el sol calienta, bueno, igual que en Sevilla o La Mancha en verano… El calor es algo con lo que tienes que contar, la incomodidad, estar de polvo hasta las orejas…

¿Lleva el uniforme reglamentario: botas, sahariana, salacot?

Sombrero casi siempre. La camisa tipo militar, con bolsillos, resulta muy cómoda, porque es amplia, tiene mangas, te resguarda bien del polvo y los mosquitos y no te quemas tanto, pero también llevo camisetas. Nunca pantalón corto. Y sí, en Egipto llevamos botas porque hay escorpiones, hay que tener cuidado. En Heracleópolis los veíamos corretear cerca de nosotros, los escorpiones son reales en Egipto.

No me diga que, como en las películas de Indiana Jones, tienen que luchar contra los escorpiones…

Eso son cosas del cine, que realmente no cuenta las incomodidades, el calor –aunque siempre se excava en otoño, invierno o primavera, hace mucho–, los bichos, el agua caliente… Porque ahora ya hay neveras, pero en Heracleópolis, hasta que tuvimos un frigorífico no había una bebida fría… Trabajas muchas horas en cuclillas o de rodillas, para no machacar una cerámica que tienes al lado; dibujas bajo un sol tremendo, y el papel milimetrado al detalle te obliga a arrugar muchísimo los ojos, con lo cual te salen muchas patas de gallo –yo se lo advierto en clase a las alumnas que quieren ser arqueólogas–; y te destrozas las manos, porque la cerámica es como si absorbiera parte de tu grasa y acabas con todas las manos cuarteadas… En fin, es duro pero apasionante.

¿Se dedicó desde el principio a la cerámica?

En Heracleópolis ya fui a ocuparme del estudio de la cerámica. Era una necrópolis del Tercer Periodo Intermedio muy interesante, con las tumbas de piedra, pero todo el entorno del cementerio estaba ocupado por enterramientos más pobres, muchas veces posteriores, y todos los ajuares de los muertos y ofrendas a los difuntos eran de cerámica, que después de los rituales normalmente se rompían para que la gente no volviera a utilizarlos. En Heracleópolis, el suelo es muy húmedo porque hay aguas freáticas y hay que excavar prácticamente en barro, lo que es una dificultad añadida y un problema para encontrar ciertos materiales como papiro o fragmentos de lino. Los esqueletos o las momias que encontramos estaban en un estado muy lamentable. Después de recoger los trozos de cerámica, había que lavarla y dejarla al sol para que se secara, y eso acarreaba muchos problemas para evitar que se perdieran las etiquetas que poníamos para clasificarla, era una lucha con las cabras, que les encantaba comérselas, o con los niños, que cogían los palitos para jugar… Allí trabajé ocho años. Vivíamos en Beni Suef, a 18 kilómetros del yacimiento, y todos los días íbamos en coche hasta la excavación, pero en una ocasión en que fui sola desde El Cairo para llegar desde Enhasya el Medina, el punto más cercano, fue una verdadera aventura.

¿Qué pasó?

Hasta Enhasya el Medina hay unos coches colectivos que te llevan, pero luego, para llegar a la excavación no había nada. Yo sabía que era muy peligroso ir andando porque los niños de las aldeas te apedrean… Los niños egipcios, cuando te conocen, son adorables, pero cuando no te conocen, si eres chica, rubia, y vas sola, son temibles. Nunca te esperas que un niño vaya a pegarte una pedrada o un palo, pero es lo que suelen hacer; la razón la ignoro, no van a robarte ni nada de eso, supongo que simplemente es porque eres una mujer y extraña. Así que en Enhasya intenté encontrar a alguien que me llevara a la excavación, pero no hubo forma. Por eso, cuando vi a uno de la aldea que conocía, en moto, le convencí para que me llevara. Y cuando me vieron llegar en la moto con él, no le quiero contar las caras de sorpresa de la gente… Ésa es la verdadera aventura, encontrar a alguien que te lleve a la excavación.

Después trabajó en el delta del Nilo con una expedición internacional del Pelizaeus Museum (Hildesheim), pasó dos años en el British Museum de Londres y tuvo un hijo que la retiró un tiempo de las excavaciones. Y volvió a Luxor para excavar las tumbas de Djehuty y Hery, dos altos personajes de los reinados de Hatshepsut y Tutmosis III. Un proyecto español de altos vuelos…

La verdad es que Djehuty es una suerte gracias a José Manuel Galán, el director de la excavación, que se ha movido de una forma magnífica. Empecé el trabajo de campo en la segunda campaña y fue muy impresionante, porque ir a excavar a la antigua Tebas es como si te dicen pide a los Reyes Magos lo que quieras… Yo habría pedido una excavación en Egipto, del Imperio Nuevo, del reinado de Hatshepsut a ser posible, y en el Valle de los Reyes: pues Djehuty, ¡increíble! Y trabajar en la necrópolis de Dra Abu el Naga es excitante, porque vivimos muy cerca de la excavación y la vivimos intensamente hasta que nos dormimos. Y, además, estamos rodeados de excavaciones internacionales que hacen cosas muy interesantes. Los franceses tienen cerámicas maravillosas desde hace muchos años, de esas que has estudiado en los libros y que ahora ves allí.

Tengo entendido que trabajan en una ladera en la que se producen frecuentes derrumbes que pueden dejarles atrapados en cualquier momento.

Estamos, efectivamente, en una ladera que se ha estado derrumbando a lo largo de la historia, todo el material está muy revuelto. Y hay momentos muy emocionantes. Recuerdo un día en que se estaba limpiando una zona de la colina y Andrés, un compañero de la excavación, empezó a chillar: “¡Dios mío, Dios mío, un agujero!”. Y es que, en un momento en el que cedió la colina, se abrió un agujero que era la entrada a otra tumba, ¡se puede imaginar ese momento! Todos queríamos entrar. En ese instante pierdes un poco la sensación de riesgo y de miedo, sólo piensas: una tumba, tengo que entrar y ver qué hay dentro.

¿Cuál es su recuerdo del mayor riesgo vivido?

En Heracleópolis estaba excavando la zona exterior de una tumba sin saber que estábamos en su fachada, seguimos excavando lo que era el patio anterior, el dintel, y llegamos al nivel del suelo donde había una serie de enterramientos. Teníamos que excavar encima de la tumba, que estaba enterrada, y fue muy emocionante. Cuando empezamos a excavar la zona del techo habían cedido las lajas –luego vimos que estaban rotas– que cubrían la tumba. Eran lajas largas y resultaba muy difícil excavar y entrar. Cuando hubo un hueco, me metí tumbada y me quedé totalmente tendida bajo el techo de lo que quedaba de la tumba. Lo primero que vi fue un maravilloso cielo estrellado, y lo segundo, una grieta enorme sobre mi cabeza… Me asusté, fue impresionante. Y, en esa misma excavación, pasé mucho miedo una mañana que estaba limpiando un conjunto de useptis –figuritas humanas de fayenza que aparecen más de 400 juntas–, que son los respondedores que van a acudir, en nombre del muerto, cuando el dios les llame para cumplir una tarea. Estaba concentradísima en mi trabajo y había un restaurador, Antonio Sánchez Barriga, que estaba dentro de una tumba, y de repente oímos un ruido tremendo, retumbó el suelo, y un grito: “¡Antonio!”. Antonio se había caído en la grieta, y después de unos segundos de silencio se oyó: “Estoy aquí”. Se había desplomado una piedra enorme y por fortuna no pasó nada. Fue un momento tremendo, todos los egipcios lanzaron a coro un Al hamdu lillah (alabado sea Dios).

Supongo que un arqueólogo no puede tener claustrofobia.

No, claro, despídete de ser arqueólogo si tienes claustrofobia… En Djehuty, el que más riesgos ha corrido es José Manuel Galán, que es quien más ha reptado por las tumbas. Yo me he arrastrado con él, pero por vías ya conocidas. Puede ser agobiante, pero si te gusta lo que haces, te animas y muchas veces te metes en sitios que eres consciente de correr un riesgo. Pero lo asumes y todos procuramos ser sensatos. Siempre que se entra en una tumba se supone que tienes que ponerte el casco, pero es incomodísimo y te vas confiando mucho. Mi hijo, que tiene 10 años, se pasa la vida diseñando máquinas –supongo que influenciado por ese robotito que últimamente hemos visto en televisión que sube por las galerías de la pirámide– para que no tenga que meterme en las tumbas que se caen…

Riesgo y emoción. ¿Cuáles han sido los momentos más escalofriantes?

Uno ha sido este año, en la última campaña de Djehuty. Habíamos recogido un conjunto de cerámica y había una ovoide, muy grande, rota en la parte superior. Las roturas eran antiguas y yo miré dentro y no estaban los trozos. Era raro, pero como estaba colmatada de tierra, empecé a excavarla con mucho cuidado a ver si me encontraba los cachitos que faltaban. Encontré fragmentos de otra jarra, pero una vez retirados esos fragmentos vi, dentro de la jarra, unas piedras más grandes que la boca original de la cerámica, que probablemente se había roto para meterlas. Fui sacándolas y debajo de ellas había una tela atada. Todo era muy emocionante, al final saqué el hatillo de lino, que estaba anudado en los dos extremos, y, cuando las condiciones climáticas son tan favorables como en Tebas –de una enorme sequedad–, el lino se conserva tan bien que pude desatar los nudos sin romperlos. Era una jarra del 650 antes de nuestra era, o sea, de 2.650 años, ¡y pude desatar los nudos…!

Me muero de curiosidad, dígame, ¿qué tenía dentro?

Dentro del hatillo había, nada más y nada menos, que un mechón de pelo.

¡Qué decepción!

Pero era un mechón de pelo muy especial. Dentro de un ritual muy complejo, llamado “la apertura de la boca”, que se hacía en las necrópolis para que el muerto pudiera revivir a la otra vida, participaban dos plañideras que hacían las veces de Isis y Menfis –las diosas más importantes vinculadas al dios de los muertos, Osiris–, y al final se cortaban un mechón de pelo que se guardaba, y que nunca habíamos encontrado. Y eso es lo que yo tenía, el pelo de la diosa, porque esas mujeres personificaban a una diosa. Fue muy emotivo. Otro momento muy especial fue cuando, con María Dolores Garralda, examinaba los restos humanos de una momia que estaba muy deteriorada y encontramos el escarabeo del corazón, una pieza fantástica que ocupa el lugar del corazón, con una inscripción maravillosa con el nombre de la muerta.

Me atrevo a decir que, después de estas experiencias, la egiptología es como la imaginó en su adolescencia.

Es como la soñé, sigo entusiasmada y deseando volver a Egipto. Es de cine, porque hay muchos momentos que no vivirías dedicándote a otra profesión, aunque tiene una carga de labor minuciosa, de paciencia, de horas de estudio, que eso no sale en las películas, donde van pegando tiros y arrancando piedras… ¡La de horas de dibujo que conlleva una estelita o un recipiente de cerámica! Hay muchas mañanas que yo no hago más que dibujar y dibujar. Es difícil ver alguna película cercana a la vida del arqueólogo, todas son bastante falsas. La verdad es que la egiptología sigue siendo una disciplina bastante joven, porque Champollion descifró los jeroglíficos en 1821 y, a partir de ahí, es cuando hemos podido leer. Pero hay muchísimo hecho, y eso acerca bastante a lo que fue el antiguo Egipto, aunque siempre te sorprende porque es un país fascinante y muy, muy, generoso. Apenas has comenzado a excavar y ya tienes un nivel arqueológico extraordinario.

¿Por qué el mundo faraónico sigue fascinando tanto a gente de culturas tan diferentes?

Yo creo que es por la estética y el misterio. En un primer momento, las momias tienen una fascinación tremenda, ese mensaje de eternidad, esos cuerpos de individuos de hace 4.000 años; y la estética egipcia es arrebatadora. A eso se pueden sumar los logros tecnológicos que alcanzaron, que hacen que otras personas, menos sensibles a la estética o al morbo de las momias, también se interesen por Egipto.

¿Qué le parece la reciente reconstrucción del rostro de Tutankamón?

Me ha parecido guapísimo. Los egipcios antiguos eran guapos sin duda, hay momias en las que todavía están guapos, como la de Tutmes IV, imagínese sin momificar.

Puestas a imaginar, cuénteme su sueño pendiente de egiptóloga.

Excavar en el Valle de las Reinas y encontrar el equivalente de Tutankamón en una reina sería fantástico. Aparte de Hatshepsut ha habido otras reinas importantes que apenas se conocen. La figura de la reina es muy discreta en el Egipto faraónico, excepto aquellas reinas que no formaban parte de la estirpe real, que eran advenedizas, por ejemplo, Nefertari, la reina Tiye –esposa de Amenofis III– o Nefertiti. Estas mujeres, que no eran de estirpe real, sino que las elegían los reyes como esposas, son las más conocidas, pero la reina de estirpe real era muy discreta, pese a ser una figura fundamental en la realeza faraónica, porque era ella la que transmitía la estirpe. Estas mujeres, me imagino, irían muy tapadas, en baldaquinos. Por ejemplo, de Hetepheres, una reina muy antigua –madre de Keops y esposa de Snefu–, conocemos sus brazaletes, que subían hasta el codo, y un baldaquino, lo que nos hace pensar que se mostraban como seres divinos, como estatuas. En los años veinte se encontró, en Giza, una cámara que se pensó que era su tumba, pero probablemente era el material funerario que había sobrevivido de la tumba original. Es magnifico, un baldaquino y unos sillones dorados que están en el Museo de El Cairo. Esto demuestra que las reinas tuvieron unos ajuares fastuosos, pero todas las tumbas que se han encontrado están expoliadas. Aunque el Valle de las Reinas es una necrópolis muy poco explorada, las tumbas que hay son preciosas. Mi sueño es encontrar la tumba de una reina –ahora mismo es imposible porque Egipto no da permisos de excavación a otros países–, pero como sueño ahí está, sería fantástico.

Creo que no todo han sido momias y cerámicas faraónicas, parece que también ha pasado por otras aventuras más pegadas a la actualidad.

Siempre hay vivencias curiosas o divertidas de otro tipo. Recuerdo una, en 1989. Yo estaba interesada en documentar lo más posible las andanzas de los mercaderes sudaneses que vienen con grandísimas caravanas de dromedarios hasta llegar a El Cairo, y se reúnen en Suk el Guimal –que significa Zoco del Camello, aunque en realidad son dromedarios–, un mercado muy importante. Me interesaba, porque Icona me había pedido un trabajo sobre animales para una revista, y había escogido el dromedario. Alguna vez había visto grandes manadas y quería saber el precio de los adultos, de las crías, de las dromedarias embarazadas… La sorpresa de los camelleros al ver a una chica joven y sola por un mercado donde no hay turistas fue tremenda… Fui, sabiendo que me metía en un ambiente un poco cerrado. Soy más bien pequeñita y menuda, así que tenía que demostrar mucha decisión. Y eso hice. Cuando te ven segura, hablando en árabe, de entrada les sorprendes. Iba con mucho cuidado, pidiendo permiso para todo; les decía que estaba escribiendo un libro, y eso a la gente del desierto le impresiona. Me llamaban doctora y me ofrecieron toda la información posible. Es un mercado muy activo, donde yo era la única mujer entre cientos de sudaneses y miles de camellos… Los camellos llevaban el nombre de los propietarios marcado a hierro o con sprays de colores, y algunos también, invocaciones a Alá. Son unos bichos tremendos y violentos. Intenté averiguar a partir de qué momento existían en Egipto, porque no son propios de la cultura faraónica, no aparecen en los jeroglíficos, se introdujeron en la época helenística. Resultó muy interesante, muy curioso, una vez pasados los primeros momentos de desconcierto general, y he pasado por apuros menos interesantes…

¿Por ejemplo?

Ir de becaria por el mundo con los presupuestos de Asuntos Exteriores, a comienzos de los ochenta, aquello si era pasar apuros… Yo vivía en El Cairo en el entorno del Museo Egipcio, en una pensión modesta donde se podía vivir pero era difícil estudiar. Tenía una mesa coja y una lámpara que no alumbraba nada, y, claro, en invierno, a las cinco de la tarde era de noche. Así que me iba a estudiar a la cafetería del hotel Hilton hasta que prácticamente me echaban… Por eso, cuando años más tarde fui la primera vez en un viaje de profesora y me alojé en el Hilton resultó muy divertido. Me dije: “Ahora sí, después de tantas horas de cafetería, ahora puedo vivir en el Hilton”. Cuando te quieres especializar en algo, el día a día sí que es una verdadera aventura, pero yo he tenido mucha suerte. Como sigue siendo una aventura hacer egiptología en España, tienes que tener muchas ganas… Todavía hay que ir a estudiar al extranjero, lo único que existe es alguna asignatura en Historia y algunos cursos, pero, pese a todo, se está formando gente muy buena.

No me extraña que repita la palabra ‘suerte’, parece que los dioses la protegen de verdad.

Los dioses me aman mucho. Las diosas aladas son muy protectoras y he viajado por todo Egipto buscando, por tumbas, museos y escrituras, figuritas de diosas aladas. Cualquiera de sus imágenes es una preciosidad. Y les he dedicado un libro…

Fuente: El País Semanal.

 

 

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